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Un libro delicioso, con sabor a mar mucho más allá de su título. La comida, los pesacados, lar artes de pesca, los naufragios, las gentes de la costa brava…
El primer capítulo “Bodegón” es sabroso, salado, dulce, onírico, ¿quién no se imagina comiendo sardinas recién pescadas frente a unas brasas en la playa o tomando un rodaballo recién salido del mar, sólo con ajo y en su jugo?. De todas formas es obligatorio para cualquier aproximación a la comida mediterránea:
“ Es una cocina que tiende a dar sentido solar, luminoso, sabroso, acentuadísimo, a la materia. El pescado de esta aguas tan puras, agitadas por corrientes fortísimas , elaborado a través de este aceite y de los sofritos ligeros que se hacen aquí, da a la sangre humana una plenitud radiante, un vuelo trascendente. En otros lugares, el origen de muchas cosas puede ser espiritual; aquí, la causa de casi todo es siempre el peso de la materia”.
El segundo capítulo, sobre “un viaje frustrado”: nos cuenta la historia de unos días de navegación, en una bacucha con escasas velas y de la que hay que tirar de remo más de lo pensado (en un tiempo sin “fuerabordas”). La conclusión es inverosimil, pero muy realista:
“Por mi parte debo decir que el viaje me ha hecho mucho bien. Nunca hubiera pensado que, en casa pudiera estarse tan bien, que pudiera ser tan fácil y agradable renunciar al aire libre. La única lástima es tener que ir tan lejos para comprenderlo”.
O aquella otra, en la que Pla se enfrenta a su verdadero ser: “ Toda mi petulancia y toda mi infatuación, en casi todos los aspectos de mi vida, han tendio este límite: constatar que no he sabido encender fuego entre unas piedras”.
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